Islas Azores. San Miguel, con niños.
Las islas Azores. Un archipiélago portugués de nueve islas en medio del océano Atlántico. Santa María, San Miguel, Terceira, San Jorge, Graciosa, Pico, Faial, Corvo y Flores. Cada una con su propio carácter; cada una, digna de ser visitada.
Y esa es la propuesta de la mayoría de los visitantes que llegan a este precioso archipiélago. Visitar al menos dos o tres islas en el mismo viaje, gracias a las facilidades que ofrece la compañía aérea de Azores SATA para desplazarnos entre ellas. Oferta que nosotros obviamos, tomando la también acertada decisión de alojarnos nuestros nueve días en la isla principal de San Miguel.

Una ínsula que nos ha enamorado, entrando en nuestro Top 3 de islas visitadas. Compitiendo de tú a tú con nuestra querida isla bonita de La Palma. Y que nos ha recordado en muchos momentos a paisajes recorridos en Nueva Zelanda.
No entraremos a detallar en el blog la variada e interesante historia de este archipiélago. Perdido en medio de la nada, pero codiciado históricamente por su situación estratégica. Para eso os recomendamos hacer los primeros días un interesante FreeTour con Jorge, un amable extremeño afincado en San Miguel que os descubrirá, de manera muy amena, todo lo que debéis saber sobre este particular territorio portugués.
San Miguel es la mayor de las islas, a pesar de ello tan solo tiene unos 70 km de largo por otros 20 de ancho. En todo este terreno podemos disfrutar de infinidad de bosques, impresionantes lagos, peculiares montañas, enormes playas, pueblos con encanto, bellos miradores, entretenidas rutas de senderismo, plantaciones de piña y té… Toda esta pluralidad nos permite crear una planificación completamente variada e interesante.

Nosotros llegamos con un vuelo directo de Iberia desde Madrid, pero la mayoría de las compañías lo hacen con escala en Lisboa.
Es una isla relativamente barata, excepto en los precios de los alojamientos. Es por ello que, volviendo a nuestro espíritu mochilero (tristemente India ya dejó de ser bebé hace tiempo), nos alojamos en el lugar más económico que encontramos, el albergue Pío XII. Sin desayuno ni aire acondicionado; y nevera/microondas compartido. Eso sí, perfecto para aparcar el coche de alquiler.
No obstante, os recomendamos que busquéis otras alternativas. El mejor lugar para establecer la base de operaciones es la capital Punta Delgada, aunque por sus calles es bastante complicado estacionar el coche de alquiler. Una buena alternativa bien ubicada, más tranquila y económica, podría ser el pueblo de Ribeira Grande, al norte de la isla.
El coche de alquiler lo cogimos con Magic Island, fue la compañía más económica que encontró Afri. Te recogen con su furgoneta en el Parking 5 del aeropuerto y te llevan a su nave. El coche genial, teníamos reservado un Mini y nos dieron un Skoda Kamiq que aún olía a nuevo.
Las temperaturas en San Miguel en julio son «tarifa plana», en torno a los 20 grados de mínima y 25 de máxima. Eso sí, en un mismo día puedes conocer las cuatro estaciones… El sol a medio día «pica», pero si se ponen las nubes tal vez tengas fresco… y no descartes alguna lluvia momentánea. Nosotros llevamos en la maleta básicamente ropa de verano, con una prenda de abrigo y cortavientos/chubasquero (que siempre lo dejábamos en el coche).

Y para terminar esta introducción, comentaros que a pesar de visitar la isla a finales de julio, no nos pareció para nada masificada comparada con cualquier isla de los archipiélagos españoles en estas mismas fechas. Tiene mucho que ver y el turismo se reparte por la isla. Eso sí, los puntos más famosos es recomendable visitarlos un poco antes que el resto (a partir de las 9:00) o al final de la jornada (19:00). El único día que sentimos ese turismo desbordado, coincidió con el domingo, día que los locales también se unen a disfrutar de su isla.
Y ahora sí, pasamos a compartiros nuestra programación para que la adaptéis a vuestros gustos y necesidades. Nosotros, acostumbrados a viajar con el afán de conocer el máximo número de lugares, creamos una guía con varios puntos a visitar por día. A pesar de ello, somos conscientes de que no llegaríamos todos ellos, y que incluso intercambiaríamos alguno por parques infantiles. India se está adaptando increíblemente a esta forma de viajar, pero necesita también de su espacio infantil. No obstante, esta programación desbordada nos permite gran flexibilidad para elegir unos lugares u otros en función de como se fuese dando la jornada.

Tips (como se dice ahora). Tener en cuenta que son dos horas menos. En la web spotazores.com tenéis cámaras en directo que vienen muy bien tener en cuenta para saber la nubosidad de cada lugar antes de ir. El bolo levedo es su típico pan dulce y la queijada es el «pastel de Belén» azoriano. Recomendamos comer bife (chuletón vaca), atún y piña. Y si vas a tomar algo de beber, el gin Rocha Negra es propia del lugar.
Día 1. Traslado.
Lunes 22 de julio.
Dejamos el coche en el aparcamiento de larga estancia Go Parking Barajas a las 12:00. Y en una media hora estamos en la T4. Con tiempo, sin prisas. Disfrutando de cada paso en el aeropuerto. No solemos facturar, llevamos dos maletas de mano y la silla ligera de India (que al plegarse tiene medidas de maleta de mano); una mochila, junto con el ordenador de Afri y los juguetes de la enana.
Se nota que es julio en el aeropuerto, pero el control de equipajes con niños siempre es un lujo. India ayuda. Buscamos la puerta de embarque, pero aún es pronto. Nos da tiempo a atender a una comercial de Iberia que nos quiere vender una tarjeta y a visitar el Mc Donals para comer sin prisas.

India juega con cualquier cosa del aeropuerto, para ella es todo un parque. Cientos de estímulos que usa para jugar dando libertad a su imaginación. Y cuando se cansa, no para de buscar los aviones a través del ventanal.
El vuelo IB 3368 sale a las 15:40 y llega a destino a las 17:05 (ojo, hay dos horas menos en Azores respecto de España). El embarque prioritario para familias con niños nos permite entrar los primeros en el avión. No tenemos problemas con las maletas de mano.
Durante las casi tres horas y media de viaje nos sorprendemos de como India se comporta. Juegos, comida, baño, siesta… prácticamente como un adulto.
Llegada en hora al aeropuerto de Ponta Delgada. Es muy pequeño y fácil de ubicarse. Salimos y nos dirigimos hacia la derecha en busca del P5 donde nos espera una furgoneta con la pegatina de «Magic Island RentCar». Tenemos un pequeño problema a la hora de establecer el orden de llegada para tomar la furgo, pero se soluciona con rapidez. El calor y humedad nos agobia a todos en la espera. Solución, solo montan en la furgo los conductores para hacer el check-in del coche. Tocará volver al aeropuerto para recoger a India y Afri. Solo había pasado media hora desde nuestra llegada y ya estábamos todos montados en busca de nuestro «hotel». En menos de 15 minutos estábamos haciendo el check-in. Lo dicho, lugar muy básico, al que nos adaptamos perfectamente.

Con tiempo aún de sobra, aprovechamos para hacer una pequeña compra en el supermercado Pingo Doce para desayunar y preparar algo de comida de cara al pic-nic en ruta del día siguiente. Tras la compra, una rápida visita a la cercana playa de las Milicias para comer los ya clásicos bocadillos de jamón con tomate caseros en una de las torretas de vigilancia mientras el sol se escondía tras la silueta de la Iglesia de San Roque.
Día 2. Costa Norte.
Martes, 23 de julio.
Las dos horas de diferencia entre Azores y España peninsular, nos permitió los primeros días despertarnos relativamente pronto. Las 8:00 de la mañana eran nuestras 10:00 española, por lo que de un plumazo habíamos descansado y madrugado a la vez.
El objetivo de hoy era cruzar a la cercana costa norte sin desplazarnos demasiado. Y así de alguna manera descansar del traslado del día anterior y no abusar de la compasiva adaptabilidad de India.
Así pues, comenzamos nuestro primer día visitando la playa de Santa Bárbara. La idea era primero callejear por Ribeira Grande y luego la playa. Pero India pidió ir a la playa, y así hicimos. Larga, de arena negra; fácil acceso y varios servicios. Surfera por excelencia. El conocido chiringuito Tuka Tulá nos da la bienvenida, es una interesante opción para comer o cenar.

El día estaba encapotado, aún eran las 10:30 de la mañana y la marea estaba baja. Eso nos permitió pasear muy tranquilamente por su orilla. India chapoteaba sus pies en el agua y jugueteaba con pequeños cangrejos que asomaban entre la arena.
Poco antes de llegar al extremo, extendimos las toallas y aprovechamos a tomar un pequeño aperitivo. Una leve llovizna, nos invitó a dejar nuestra posición para volver al coche y continuar con el día.
La siguiente parada era conocer y callejear por Ribeira Grande. Un pueblo que nos pareció bastante interesante. Dejamos el coche justo antes de cruzar el Puente del Atlántico. El puente de Ocho Arcos quedaba a nuestra derecha y la playa Monte Verde a la izquierda. Eran las 12:30
Cruzamos el puente y nos introdujimos en la localidad por la calle East Providence. La silla de India parecía destartalarse con el típico adoquinado portugués. La torre de la Cámara Municipal nos indicaba el camino. Entramos en una enorme plaza por el propio arco. Esta extensa explanada es el conocido Jardin do Largo do 5 de Outubro, que es presidido por imponente árboles que imprimen mucho carácter a esta humilde localidad. Desde aquí se dejan ver los edificios más importantes, como son la iglesia matriz de Nuestra Señora de la Estrella, la iglesia del Espíritu Santo, su imponente teatro ribeiragrandense, y el interesante Jardín Municipal (con parque infantil) y vistas al puente de los Ocho Arcos.

Tomamos una cerveza en una de sus terrazas, que en ese mismo momento del día estaban comenzando a montar. Nos sorprendió gratamente su precio, 2€ por una pinta. «Zumito» para la peque y listos para continuar.
La vuelta al coche lo hicimos por el Jardín Municipal que acompaña las aguas del río Grande entre molinos, cascadas, puentes, acequias… y dos pequeños parques infantiles (uno de ellos sensorial, aunque en cierto estado de abandono). En ellos India se entretuvo algunos minutos… No muchos, porque le llamaba más la atención como el agua se iba presentando de diferentes maneras en su camino hacia el mar. En uno de sus bancos comimos los sandwich preparados para la ocasión. India fue la que nos avisó de que estábamos acompañados de unos pequeños y simpáticos lagartos que asomaban entre las piedras en busca de alguna miguilla que se desprendían de nuestra comida.

Reanudamos la marcha siguiendo el cauce del río para cruzar el afamado puente por uno de sus arcos y ascender por unas escaleras hasta la calle Augusto da Mota Moniz que nos dejaría de vuelta en nuestro coche.
En el GPS, ubicamos el Faro de Cintrao. La conducción nos sacaba por primera vez de carreteras principales, para adentrarnos en asfaltos vecinales de uso casi exclusivo agrario. El mirador de Cintrao estaba cerrado por una cinta y una máquina agrícola que impedía el paso. Por esta razón lo dejamos pasar para llegar hasta la pequeña explanada del faro de Cintrao. Allí pudimos observar una bonitas vistas hacia el este acompañados de un gran rebaño de vacas pastando que llamó la atención de India.

Cambiamos el destino del GPS para ubicar ahora el mirador de Santa Iria. Volviendo sobre nuestros pasos, aprovechamos que no había nada de tráfico para detener el coche junto a la máquina agrícola que cortaba el paso al mirador de Cintrao. Una parada rápida para, de una carrera, observar rápidamente las vistas hacia las recortadas y acantiladas costas próximas a este bonito mirador. Una foto y vídeo rápido para compartir el lugar con Afri e India que se habían quedado esperando en el coche. Las 15:00.

De camino al nuevo punto de interés, India cayó rendida. Esto nos obligó a visitar este tranquilo paraje individualmente. Mientras que uno paseaba y disfrutaba de estas bonitas vistas, el otro se quedaba «custodiando» a la enana en el coche.
La comida estaba prevista en alguno de estos restaurantes recomendados; Associaçiao agrícola, Boqutim azoriano, Quinta dos saores, O Silva… pero terminamos con un sandwich en la mano.
El día estaba siendo muy tranquilo, sin a penas agobios ni multitudes. No sabíamos la razón; tal vez fuese el «horario adelantado» que llevábamos respecto al turista, que la zona no fuese de mucho interés, o simplemente casualidad y buena suerte.
Aprovechando la siesta de la peque y la cercanía de las dos plantaciones de té de la isla (y por lo visto, únicas de Europa), nos dirigimos hacia la plantación de Cha Gorreana. Ésta es algo más popular y conocida que la de Porto Formoso. Ambas en la misma carretera y separada por pocos kilómetros una de la otra.
La tranquilidad del día se vino a bajo en el momento que observamos como de repente la carretera era tomada por la gente y los coches aparcados casi en las cunetas. Sin necesidad de mirar el GPS, unas letras enormes rojas confirmaban el lugar.
Tiramos un envite a la suerte y nos metimos con el coche hasta la misma puerta de la fábrica donde, casualmente encontramos un hueco para dejar el coche. Bajamos la silla y mientras que India continuaba con su siesta nos ubicamos para adentramos en la fábrica. Aquí de manera gratuita, y durante unos 30 minutos, te enseñan y explican su funcionamiento para concluir con una degustación de sus tes. A las 16:00.

A la salida, eso sí, está la típica tienda con todos sus productos y merchandising que daba acceso a la cafetería. Pero unos ruidos fuera de lugar comenzaron a activar las alertas… lo que creíamos un sonido familiar de alguna máquina de la fábrica resultó ser un extintor que intentaba apagar uno de los hornos de la cafetería.
India se despertó. En medio del jaleo, intentamos cruzar al otro lado de la carretera para pasear por los campos de té. E incluso visitar la cercana cascada Cidreira. Es un sencillo paseo circular de poco más de dos kilómetros que une la visita a las plantaciones con la caída de agua, con inicio y final en el propio parking de la fábrica.
Pero la suma de la incertidumbre en ese momento y el intenso despertar de las siesta de India, nos obligó a tomar el coche y escapar del lugar. La idea era buscar alguna playa para pasar el resto de la tarde.
Al tomar el coche en sentido opuesto al que habíamos traído todo el día, observé carteles de la pedanía de Sao Bras. Esto me recordaba que en alguno de los blogs que leí para organizar el viaje, recomendaban la visita al Lago de San Blas, muy poco conocido pero con su propio encanto.

Era lo que necesitábamos, volver a la tranquilidad. Así que en el GPS, lagoa de Sao Bras y a ver que nos encontrábamos.
Salida de la carretera principal para tomar de nuevo un asfalto rural, con más «mojones» de vacas que señales. La carretera comienza a ascender. Vacas por un lado, vacas por otro. Montes verdes y ondulados por delante y el mar azul y rectilíneo por detrás.
– Si no me dijeses lo contrario, pensaría que estamos en Galicia o Asturias- le comentaba a Afri mientras disfrutaba relajado de la conducción.
No nos cruzamos con ningún coche, tan solo algunas pick-up que entraban o salían de sus terrenos. India señalando a uno y otro lado del coche cada vez que veía vacas… su complicado despertar estaba siendo completamente aplacado. Fue un desplazamiento muy acertado.

Arriba, una solitaria explanada nos esperaba completamente vacía… pero ¿y el lago dónde está?. Debí bajarme del coche para seguir el único camino posible, a penas 200 m más allá nos esperaba este remanso de paz completo para nosotros.
Un solitario pato, nos recibía con recelo en su lago. India cambiaba su interés de las reses a las aves… Un buen rato de conexión con la naturaleza. Solos. En la orilla nos detuvimos algunos minutos para buscar algunos peces que parecían saludarnos. Lanzar un par de piedras. Observar el entorno 360º. Respirar. Las 17:00.
El cielo seguía encapotado, lo que nos permitía disfrutar de una muy agradable temperatura, pero el cansancio comenzaba a asomar en nuestro cuerpos. Tranquilamente desandamos nuestros pasos para llegar al coche.
El descenso hasta la carretera principal, tan bonito como la subida; ahora con más presencia del mar ante nuestros ojos.
– Papi, ¿Dónde vamos ahora?- se interesaba India.
– A casa a descansar, India- le confirmaba con dudas.
– ¡No, yo quiero ir a la playa!- afirmaba sin compasión.
Pues entonces la única duda era elegir la playa. En el GPS playa del Populo. Esta se encuentra junto a la playa de las Milicias, visitada el día de ayer, muy cerca de nuestra residencia.
Conduciendo por esta carretera del norte hasta el enlace con el sur. Íbamos ya familiarizándonos con los lugares y observando como hay grandes cantidades de «rincones de descanso» tipo pic-nic con barbacoas, bancos y mesas bajo grandes arboledas e incluso preciosas vistas. Sería una tónica constante en las carreteras azorianas, lo que nos animaba a disfrutar de alguna de ellas en algunos de los días restantes.
Y una observación más, en esta misma carretera, a la altura de la población de Sao Bras, un restaurante siempre tenía su aparcamiento lleno de coches… y estos lugares siempre me llaman la atención. Busqué por internet y vi muy buenas reseñas. No paramos, pero apuntad el Café-Bar Alfredo, está en la misma carretera.
Muy cerca de aquí queda la localidad de Porto Formoso, tal vez sea interesante un pequeño paseo por esta humilde localidad aún poco explotada por el turismo. Tendrá especial relevancia su visita si hemos visto la serie de Netflix «Rabo de Peixe». Es aquí donde se graban sus exteriores del puerto y la famosa iglesia de Nuestra Señora de Gracia, donde ocurren cosas importantes (no haré espóiler)
Pero nosotros aún no habíamos visto la serie (lo dejamos para la vuelta a casa) e India nos había pedido playa… Así que no había duda. Marcamos en el GPS «Plaia do Populo».
Allí conseguimos aparcar a la segunda vuelta de paso por el parking… Era la primera vez que veíamos el sol en esta jornada y eso lo íbamos aprovechar sentándonos en la terraza del Sunset Beach.
En el único chiringuito de la playa del pueblo disfrutamos de una buena sangría de vino tinto por 4€ cada uno. No nos pareció caro visto el lugar y la cantidad de la copa. India jugaba a ser peluquera mientras disfrutábamos de este momento. Las 18:00.
El paso a la playa es directo. Las olas estaban algo más inquietas de lo que habíamos visto en la playa de Santa Bárbara por la mañana. India observaba desde la orilla los bruscos movimientos de las olas y no se decidía a entrar. El alcohol de la sangría, que aún corría por mis venas, me permitió entrar en el agua para desafiar el vivo oleaje. No vino mal el chapuzón para recuperar cierta serenidad.
El pequeño rato que estuvimos allí, no fue suficiente para que India se sintiese cómoda, ni con la bravura de las aguas, ni la «pegosidad» de las arenas. Comenzaba a estar cansada.
Habíamos «estirado la goma» más de lo deseado esta primera jornada, y no queríamos abusar de la capacidad de adaptación de India. Marcamos al albergue para duchar. Y mientras las chicas se acomodaban, una pequeña escapada al súper Pingo Doce para comprar algo de cena. También desayuno y comida para el día siguiente.
Día 3. Avistamiento de cetáceos.
Miércoles, 24 de julio.
Es un clásico al que no podemos fallar en Azores. El avistamiento de delfines y ballenas. Existen varias empresas y opciones en San Miguel. La mayoría salen desde Punta Delgada y Vila Franca. Básicamente existen dos opciones, avistamiento en catamarán o en lancha neumática. La primera más tranquila y apta para niños; la segunda, más aventurera y no apto para niños.
Nosotros contratamos, por medio de Civitatis, la compañía Picos de Aventura. En catamarán, a las 9:00 y explicaciones en español. 65 € por persona, India no pagaba (hasta los 6 años). La empresa está en la Marina Pero de Teive (Punta Delgada) con un parking subterráneo al lado que nos costó unos 5€ desde las 8:30 hasta la 13:30.
La actividad, muy recomendable. De las tres horas, básicamente una es de ida al lugar de avistamiento, otra de vuelta. Y una tercera para moverse por la zona en busca de los animales marinos.
La experiencia nos dice que es muy aconsejable programarlo para los primeros días del viaje. La razón es que si coincide con un día meteorológicamente complicado y el barco no puede salir, podremos tener la opción de cambiarlo para otro día que aún sigamos de vacaciones.

En torno a las 8:15 aparcamos. En cinco minutos estábamos haciendo el check-in. Nos sobraba tiempo para desayunar café preparado y galletas en una de las mesas de los bares del puerto, cerrados a estas horas.
A las 9:00 zarpa puntual el catamarán. Un poco antes nos dieron unas explicaciones básicas en tierra, mientras veíamos como salían las lanchas neumáticas. India ya había tenido tiempo suficiente para ver y jugar con los cangrejos que asomaban entre las rocas del puerto.
Nos colocamos en la zona delantera y a India la envolvemos en una toalla porque a esa hora, y a pesar de ser un día soleado, la brisa del barco refrescaba. Tenedlo en cuenta.
La novedad de la actividad y el lugar ya es suficiente para que la enana esté entretenida observando durante un buen rato. En el momento que salió de su letargo pidió algunas galletas. Cuando aún estaba con ellas en la mano aparecieron las primeras familias de delfines a nuestro paso.

India no paraba de señalar y gritar cada vez que veía uno de ellos. Una experiencia y reacción que realizó con un año en Gran Canaria. Esta vez era diferente, era consciente de lo que estaba viendo.
Estaba siendo una jornada tranquila y pudimos ver muchos más tipos de delfines. Dudábamos si podríamos ver alguna ballena. Pero sí, alguna dejó ver su gran aleta trasera a lo lejos. Bonito saberse cerca de estos preciosos animales respetando su libertad.
El guía-biólogo nos daba ciertas informaciones puntuales de las características de estos animales. Todas muy interesantes, pero tocaba volver.
A la vuelta, aprovechaban los tres miembros de la tripulación a explicar, ahora más detenidamente, cada una de las características y especies que habíamos observado. Pizarra en mano y con mucha paciencia nos daban clases magistrales sobre ellos.

Fue en uno de estos momentos, cuando sin esperarlo, una enorme ballena nadaba a nuestro encuentro. Motores parados y a disfrutar de este bonito regalo de la naturaleza. Oyendo su respiración, viendo sus «bufidos» y cuando ya se había dejado ver suficiente, despidiéndose de nosotros iniciando uno de sus largos buceos.
India se había portado genial. Tres horas que podrían haberse hecho muy largas. Pero resultaron muy cortas.
Al llegar a puerto, las terrazas ya estaban abiertas. Un par de cervezas y un zumito para la niña, que nos lo habíamos ganado.
Una hora más tarde tomábamos el coche sabiendo que el objetivo de hoy estaba cumplido. Ahora tocaba buscar algún plan para pasar el resto de día sin irnos muy lejos de Punta Delgada. Aunque las piscinas municipales ubicadas junto al puerto eran una bonita tentación. Nada que ver con las Piscinas Naturales Municipales de Lagoa, mucho más bonitas e interesantes; pero relativamente más alejadas.

Varias las opciones. Jardines botánicos, cuevas, playas, plantaciones de piñas… Optamos por visitar el Jardín Botánico Antonio de Borges por ser gratuito (el jardín de José Canto tiene un precio de 5€/pax y es más extenso). La cueva do Carvao la obviamos porque estaba prohibida la entrada a menores de 6 años. Y la plantación de piña, al estar al lado del albergue, podría ser un «comodín» para otro día. A esto nos referimos cuando decimos que tenemos una «programación desbordada que nos permite gran flexibilidad».
Así pues, en el GPS pusimos el jardín botánico de Antonio Borges (tiene una explanada muy cerquita para aparcar bien) y allí que llegamos con India recién dormida…
Sillita desplegada y directos al chiringuito de la entrada. Un par de cervezas para dar tiempo a que la enana se despertase… Por allí nos visitaban todo tipo de aves en busca de algún trozo de comida… Momento de relax que supimos aprovechar.

No teníamos prisa, y parecía que India tampoco por despertar. La sillita ligera no es muy cómoda que se diga e India ya a penas cabe en ella. Por esta razón despertó… pero la temperatura y la paz que había en el lugar eran para pasar la tarde en este estado de letargo.
Un paseo por el Jardín haciendo fotos, jugando con algunas aves y buscando rincones agradables. Rápido llegamos a la parte trasera donde se esconde un pequeño lago. Lugar ideal para sacar la comida del día y dar buena cuenta a un par de latas de sardinas y unos sandwich. Viaje low cost. Que para disfrutar de la gastronomía ya tenemos a nuestra querida dieta mediterránea (quien no se consuela es por que no quiere…)
Tras el manjar, aprovechamos a dar una nueva vuelta, ahora en sentido contrario. El jardín no es muy grande, pero el ambiente es embaucador. Durante tres horas disfrutamos de él.

Sobre las 17:00 abandonamos el lugar con rumbo a la cercana playa de las milicias. Allí la arena fina y negra le llamaba la atención a India «esta manchada la arena papá». Proceso lento de adaptación a esa arena «manchada» que era tan fina que se pegaba más de lo normal a la piel… Pues eso, manos abiertas, tocar lo mínimo… Y el agua no invitaba a la calma con unas olas que llegaban a la orilla con ganas de diversión. Una vez pasado el tiempo de adaptación, los castillos negros de arena comenzaron a levantarse con esa bonita iglesia de San Roquea sus espaldas.

Somos de gintonic y en azores se hacen dos especialidades el Rocha Negra y el Baleia Gin. Por esa razón sopesamos la posibilidad de visitar The Gin Library, pero vimos en la web que no estaba permitido el acceso a bebés ni menores de 16 años. Y además no queríamos cargar de actividades a la peque ya en este segundo día. Así que tras un par de horas largas en la playa, nos dirigimos al albergue a descansar. Duchas, pijamas y cena en la terraza disfrutando de una temperatura más que agradable.
Día 3. Lago do Fogo. Caldeira Velha.
Jueves, 25 de julio.
Tocaba hoy el primer contacto directo con la actividad volcánica de la isla. Adentrarse en sus entrañas para percibir la realidad de esta bella isla. Es una jornada que puede estar condicionada por la nubosidad, por lo que recomendamos visitar la web spotazores para confirmar si allí arriba el día esta nublado o no.
Si el lago de Sete Cidades es el más afamado, tal vez este Lago del Fuego sea el más bonito. Siempre a la sombra del otro. Pero que poco a poco comienza a ponerse en el mapa. Por esta razón desde el verano del 2023 (entre el 15 de junio y el 30 de septiembre) la carretera que cruza desde Lagoa hasta Ribeira Grande y que asciende hasta los miradores del Lago del Fuego esta cortada al tráfico.
Es el precio de la fama. Triste, pero acertada decisión. Como alternativa, disponemos de una flota de autobuses que recorren el tramo cortado entre La Casa del Agua (al sur) con las termas de Caldeira Velha (al norte) por un precio de 5 euros por persona (gratis para menores de 6 años).

Podremos coger el autobús en alguna de las dos salidas (Casas del Agua o Caldeira Velha), cada media hora. El servicio es de 9:00 a 19:00 y durante esas horas podremos bajar y subir de cualquier autobús en cada una de sus tres paradas en ruta o en el lado opuesto al que hayamos cogido el bus.
Existes dos líneas; la roja, que sale desde Caldeira Velha; hace paradas en el mirador de Bella Vista (3 minutos de parada) y va directo al Pico Barrosa (3 minutos de parada) para volver al mirador del Lago de Fuego (10 minutos de parada). Y la línea verde, que sale desde las Casas del Agua; para en el Pico Barrosa (3 minutos) y en el Lago de Fuego (10 minutos). Y los intercambios entre líneas se pueden hacer sin problemas en el Pico Barrosa o en el Lago del Fuego.
Nosotros llegamos al parking de Caldeira Velha en torno a las 11:00. Dudaba si este parking estaría ya completo a esta hora de la mañana, pero justo sobre esta hora aún quedaban algunos huecos para poder aparcar. La parada de bus está en el mismo parking y casualmente estaba preparado para salir. Dejamos la mochila con los atos de baño en el coche y nos echamos a la espalda la de supervivencia con un par de abrigos cortavientos (ojo que arriba puede fresco o incluso tener viento húmedo aunque el sol pique aquí abajo), algo de comida y un par de juguetes para India.
La primera parada en el mirador de Bellavista. Preciosas vistas a la costa norte. Pero sensación de «venga vamos que se va el bus»… y más cuando ves al chófer del autobús iniciar un cronómetro de tres minutos cuenta atrás al salir por la puerta.

Durante el ascenso disfrutamos de la propia carretera y de las vistas que esta nos va ofreciendo a izquierda y derecha, a pesar del manchón de la central geotérmica de Ribeira Grande.
Manchón que queda completamente borrado cuando a la izquierda de nuestra marcha, y desde las alturas, se deja ver el impresionante lago del Fuego. Mientras que se oye un «ooooohh» en el interior del vehículo, el chófer pasa de largo esta parada, directo al mirador de la Barrosa, un poco más arriba. Este tramo es completamente hipnótico.
Ya arriba, el bus hace su segunda parada. El viento se deja notar junto con el frescor propia de la altura. Desde aquí observamos ambas costas (norte y sur), el lago y el propio pico de la Barrosa al que se puede ascender por un cómodo y corto (pero empinado) camino. De nuevo tres minutos cronometrados. ¿Subimos y esperamos al siguiente bus? No. Foto, y a bajar al mirador por excelencia de la jornada.

De nuevo en el bus (de momento siempre en la línea roja), retrocedemos al mirador del Lago del fuego. Mientras, India degustaba una deliciosa galleta de chocolate, y nosotros disfrutábamos con las vistas que nos regalaba el bus hasta su tercera y última parada. «Diez minutos», nos avisa.
Aquí lo tenemos claro. Vamos sin prisa a disfrutar del lugar. Día completamente despejado y temperatura algo más cálida que en el pico de la Barrosa. Desde aquí desciende un sendero hasta la misma orilla del lago. Son solo 500 m de violento descenso para poder luego dar un agradable paseo por la orilla del lago. Y volver.
Descendimos un poco por el sendero, a penas unos metros, con el objetivo de salir del propio mirador y escapar del bullicio de la gente. India seguía bajando ella sola sin ser consciente de la vuelta. Si la dejamos se presenta en la orilla ella solita.

Durante un buen rato estuvimos jugando a ser senderistas. Con nostalgia de cuando nos dábamos nuestras pateadas, pero contentos por ver cómo India estaba disfrutando de tantas experiencias y sensaciones nuevas.
Aún eran las 12:00 de la mañana, y hasta las 15:00 no teníamos la entrada a la Caldera Velha. Decidimos cambiar de línea de bus y bajar al lado opuesto de la montaña, hasta la casa de Agua.
Me esperaba que dicho lugar fuese un tipo museo con muchos recursos, pero resultó ser poco más que una caseta de información para los turistas. Por suerte, un poco más abajo encontramos uno de los cientos de merenderos que hay repartidos por la isla con mesas de picnic, un par de columpios, aseos y un pequeño foodtruck para pedir un par de cervezas. Momento de paz para todos.

Tan a gusto estuvimos que se nos pasó el autobús que teníamos programado coger para llegar a las termas de Caldeira Velha con tiempo. Casi dos horas estuvimos en este lugar.
En menos de media hora (trasbordo incluido) habíamos cruzado la montaña hacia su parada norte. Cambio de mochila en el coche; aventurera por piscinera. Y unos pocos minutos pasados las 15:00 entramos al recinto de las termas.
El horario de apertura en verano es de 9:00 a 19:30, en tandas de hora y media cada visita. 10€ por persona (menores de 6 años gratis) con acceso a las termas (te ponen una pulsera distintiva) y 3€ si solo vas de visita. Tienes la posibilidad de alquilar una taquilla para dejar tus pertenencias por 2€ más.
Por delante teníamos hora y media de completo placer.
Con las pulseras en nuestras muñecas teníamos libertad para usar durante hora y media cualquiera de las cuatro pozas termales que nos vamos encontrando al paso. También adquirimos la llave de taquilla. Nos liamos un poco porque tras la puerta de entrada donde te dan las pulseras, a los pocos metros aparecen las taquillas, pero sin info de donde canjear el bono por la llave. Preguntando nos informaron que un poco más a delante de donde se encontraban las taquillas era el lugar indicado.

Ya con la llave del candado en mano, debemos volver unos pocos metros atrás para dejar las pertenencias en la taquilla para continuar hacia las dos primeras pozas que se encuentran una al lado de la otra. Las más pequeñas, pero también las más cálidas de todas ellas. Ojo con la bisutería de plata que el agua es sulfurosa. También es recomendable usar bañadores ya viejos o gastados.
La primera toma de contacto de India fue más rápido de lo que acostumbra… Ya que el agua calentita (que casi quemaba) con el olor a azufre podría no convencerla mucho. Pero sí, le gustó. Ya venía de una experiencia similar en los balnearios de Budapest.
Tras un rato, nos dispusimos a visitar la tercera poza. Más grandes que las anteriores y con el agua algo menos caliente (aunque igual de agradable). El paisaje que acompaña a estas piscinas «naturales» es de película. Junto a este remanso, se encontraba otra a la que estaba prohibido el baño por las altas temperaturas de sus aguas… que con solo ver como burbujeaba, no hacía falta ni avisar de la prohibición.
Quedaba por ver la cuarta y última poza. La más afamada porque el agua la recibe desde una cascada. También es la más grande y la más visitada de todas. Aunque también es la de agua más fresca. Llevábamos casi una hora, aun nos restaba media. Aprovechamos para sentarnos en un banco y comer un par de bocadillos mientras se dispersaba de gente el lugar.

La elección de este tramo horario no fue al azar; era el recomendado por algunos blog por ser el de la hora de la comida. Y a pesar de estar reservado a 150 personas, parecía que estaba completo. No quiero imaginar como podría ser de agobiante este sitio en los años previos a este acertado control de aforo.
La foto típica de portada de revista, una de las principales cuando en Google pones «islas azores»… todos queríamos la foto… y luego ya si eso… nos bañamos y disfrutamos del lugar. Es por eso que os recomiendo que hagáis las visitas a las pozas según hicimos nosotros, de la primera a la última según nos las vamos encontrando. Porque la gente va primero a la última a hacerse la foto y luego va bajando.
Una vez vistas y disfrutadas todas las opciones, repetimos en la primera de todas; la más pequeña y caliente. Y allí nos quedamos hasta las 16:30, nuestra hora límite. Y allí observamos una de las acciones que más vergüenza ajena y rabia nos dio. Donde un grupo de españoles aprovecharon el pase de solo visita para bañarse sin pulsera en las pozas, cuando unos vigilantes les pillaron y les invitaron a salir del lugar.
India ajena a lo sucedido, marchaba hacia las taquillas cantando super contenta y relajada. Aún nos quedaba toda la tarde por delante.
Una vez en el coche decidimos dónde marchar. Muy cerca se encuentra la ruta del Salto del Cabrito. Cortita que desciende a una escondida cascada en lo más profundo del valle. Se puede hacer circular donde al otro lado encontraremos pasarelas que acompañan y salvan tuberías que proceden de la cercana estación hidroeléctrica. Obviamos esta posibilidad por no abusar de India. Por contra, tomamos la opción de visitar el lado contrario del valle, la pequeña y tranquila pedanía de Caldeiras.
Llegar hasta allí ya de por sí es mágico por la carretera adoquinada que nos conduce a este bonito rincón. Dejamos el coche un poco más arriba de la pedanía para ir directos al baloiço da Matriz. Un columpio grande con vistas a la costa que India tardó poco en usar. El coche se deja en el mismo parking y nos acercamos a una zona de «barbacoas subterráneas» que la gente usa para cocinar su propio cocido. Es curioso ver como sale el humo de esta especie de arquetas y la gente espera su punto de cocción mientras toman unas cervezas. En torno a hora y media anduvimos por este lugar.

Un poco más abajo encontramos una pequeña zona de juegos con columpios, ahora sí para los más pequeños (aquí India tuvo un exceso de confianza con un pequeño susto). Para terminar en la plaza del pueblo que guarda un pequeño hotel con restaurante donde tomar una cerveza, unas termas que parecen más auténticas que las que acabábamos de visitar, un par de fuentes termales de las que es mejor no asomar la mano… Y una nueva zona de picnic con las ya mencionadas «barbacoas subterráneas».
Tras una breve inspección de la zona, nos sentamos en la terraza del hotel donde coincidimos con un grupo de españoles con los que intercambiamos algunas experiencias de nuestro viajes. La cerveza un poco «asidrada» nos acompañó con el ánimo de los compatriotas a ver el Salto del Cabrito que habíamos obviado a cambio de venir a este lugar. Pero como pillaba de paso a la vuelta, decidimos ir. No con mucha convicción.
Aparcamos, vimos la pendiente, al fondo el hilo de agua. Y un comentario de «a penas corre agua». Suficientes para jugar un poco con India en el punto de arrepentimiento y dar la vuelta de camino al coche. Opción bien descartada ya a las 19:00.
De camino al albergue, una parada en el super para compra la cena en la sección de comida preparada. Espagueti por parte de India y un bacalao a la portuguesa para los papás. En el mismo tapper y ya con el pijama puesto cenamos ya casi a las 20:30 con las baterías a punto de desconectar.
Como resultado a la experiencia de hoy. No sería mal planteamiento hacer la jornada completamente al revés. Dejando la visita a Caldeira Velha a última hora del día (18:00-19:30) y subir ya con tu propio coche a ver el atardecer al lago de fuego (ya que a partir de las 19:00 el acceso es libre). Y por la mañana ver la pedanía de Caldeira y/o hacer la ruta del Salto del Cabrito desde este mismo lugar.
Día 4. Sete Cidade.
Viernes, 26 de julio.
Hoy tocaba madrugar un poco. Íbamos a visitar la zona más turística de la isla, y la única manera de hacer «filtro» era adelantarnos al horario del resto de la gente.
Poco antes de las 9:00 llegábamos al pequeño descampado adecentado en la carretera junto al Lagoa do Canario. A esta hora ya había coches y comenzaba a llenarse, pero conseguimos aparcar sin problemas.
La carretera que asciende hasta aquí desde Ponta Delgada tiene varios puntos de interés donde podíamos haber hecho alguna parada, pero los obviamos con el objetivo de no demorarnos ni sobrecargar de actividad a India. Algunos de estos lugares son el mirador del Pico del Carbon, el acueducto de Carvao (junto al pequeño sendero del lagoa das Empadadas) y el Muro das Nove Janelas.
A primera hora de la mañana, y a la altura que se encuentra este lugar, bien merece que nos llevemos algo de abrigo; un simple cortavientos será agradecido.
Este punto donde nos encontramos es realmente estratégico, ya que da inicio a dos de las rutas más conocidas de la ínsula. La Sierra Devasa, hacia el sur y el afamado mirador de la Boca do Inferno (clásica imagen de Azores de las guías y buscadores de internet), hacia el norte.
Fue este último el que decidimos realizar, con el aperitivo del bonito Lagoa do Canario. No más de kilómetro y medio de camino por una cómoda pista al principio y un bonito sendero al final, siempre en ligero ascenso. India disfrutó mucho del cómodo paseo.

Las vistas son cerradas en su inicio, pero cuando el camino se estrecha, aparece un pequeño desnivel que al conquistarlo nos regala unas vistas que bien justifican el madrugón.
Y tuvimos suerte, porque las nubes amenazaban ocultar el espléndido paisaje de postal. Momento para fotos, descanso, recuperar fuerzas a costa de unas dulces manzanas… Y observar como poco a poco este pequeño mirador comenzaba a resultar un poco agobiante.

Desde aquí continúa un sendero que desciende hasta los lagos de Sete Cidade, pero en nuestro caso debíamos desandar nuestros pasos para regresar y continuar el descenso con el coche.
Esta cómoda vuelta en ligero descenso nos sirvió para confirmar el acierto de la hora de llegada. Centenas de personas buscaban con ahínco disfrutar del paisaje que pocos minutos antes habíamos dejado atrás.
Al llegar al parking, la explanada completa de coches y algunos autobuses descargando personas… Dejamos atrás este bonito lugar en busca de otro afamado mirador.
El mirador del Rey, junto al abandonado hotel Monte Palace, es de parada obligatoria para el turista. Desde allí obtenemos otras de las fotos postal de Azores sin ningún tipo de esfuerzo físico. Explanada preparada para acoger un número de visitantes, hacer la foto y seguir. Nosotros detuvimos el coche en la misma carretera antes de llegar para hacer la foto. Mal por nuestra parte, pero no había tráfico.

Algún puesto de comida rápida te invita a alargar la parada. La afamada pareja de lagos; verde y azul, se presentan ante nuestros ojos. Tienen su historia y misticismo. Merece la pena venir, pero a primeras horas de la mañana.
Junto a este mirador se halla el hotel abandonado Monte Palace, hay gente que invita a entrar (colarse) para disfrutar de una experiencia diferente y hacer «instafotos» desde lo más alto del edificio. Nosotros no entramos. Simplemente lo bordeamos con el coche para salir de este turístico punto.
En el GPS destino Sete Cidade. Y de camino, la carretera de las hortensias. A un lado y a otro, naces de forma silvestre esta bonita planta por toda la isla. Y en este tramo parecen colocadas con exquisito gusto para el deleite de cualquier conductor; siempre bordeando los lagos de Santiago y Rasa.
No serán obligatorias, pero podemos parar en esta misma carretera en otros dos miradores, Carrado das Freiras y Lagoa de Santiago. Siempre y cuando tengamos la suerte de que al pasar haya hueco para dejar el coche en alguno de sus pequeños apeaderos. Nosotros lo pudimos hacer gracias a lo adelantado que íbamos en nuestro horario respecto del grueso del turismo. Y porque soy un poco agonías, reconozcámoslo. El primero es un mirador más que ofrece otro punto de vista de los lagos azul y verde; el segundo, nos regala una escondida vista del lago de Santiago diferente a las demás. Me gustó más esta segunda opción.

El puente que separa ambos lagos nos da la bienvenida a Sete Cidade. Una vez cruzado, el primer desvío a la derecha nos deja directos en el humilde muelle donde la empresa Garoupa Canoe nos ofrece sus servicios para alquilar canoas y dar un relajante paseo por ambos lagos.
En el verano del año 2024 solo reservaban canoas en el horario de 10 a 12, pero trabajan hasta las 18. Nos cobraron 25€ por una hora para dos adultos y un niño menor de 6 años.
A las 12:00 comenzamos nuestra aventura por el lago. Afri e India lo aprovecharon para tomar un aperitivo mientras el que escribe remaba y remaba con el objetivo de llegar al mismo puente que nos había dado la bienvenida a esta población. Cruzamos por debajo de uno de sus múltiples ojos para cambiar de lago y volver sobre nuestros pasos. Las vistas en los 360º eran espectaculares. Momento relax pero con los brazos duros.

Un poco más tarde de la una devolvimos nuestra canoa (parece que no, pero el lago tiene sus pequeñas corrientes). Cogimos el coche y nos adentramos en la localidad para visitar brevemente la Iglesia de San Nicolás y tomar un par de cervezas y otras tantas queijadas para abrir boca.
El objetivo era comer el picnic preparado en alguna de las áreas que rodean el lago. Hay muchas opciones, elegimos la más alejada. Volvimos sobre nuestros pasos, cruzamos de nuevo el puente de los lagos y tomamos una pista forestal hacia el punto más al nordeste del lago azul. Allí, donde acababa la pista, unos bancos nos ofrecieron el descanso necesario para comer. Silencio. Inmensidad. Estábamos acompañados solamente por una pareja mayor junto a su perrito juguetón. Todo un acierto teniendo en cuenta que estábamos en uno de los lugares más turísticos de la isla. Desde abajo buscaba en el acantilado el mirador das Cumeiras, en lo más alto. Reflejos de coches confirmaban el lugar. Si las vistas desde aquí impresionaban… no podía imaginar lo que sería verlo desde allí arriba.

Retomamos la jornada con intención de llegar al mirador. El desvío salía al recorrer unos pocos kilómetros de asfalto tras abandonar Sete Cidade. Pero esta pista, que iba bordeando la arista del cráter desde el, oeste no era tan sencilla de transitar. En cuanto pudimos, dimos media vuelta y desistimos. Más tarde descubrí que existe un acceso desde el norte asfaltado.
Descendimos hasta Varcea, donde teníamos la opción de visitar el faro y las piscinas naturales de Ferraria. Pero las descartamos por varias razones. Meter a la niña en mar abierto por mucha cuerda que haya para agarrar no lo veíamos seguro. Además nos coincidía la hora con marea alta, que es cuando menos se nota el agua caliente. Y tampoco queríamos abusar de la bondad de India, que ya comenzaba a estar cansada.
Igualmente obviamos parar en el mirador de Ponta do Escalvado; que pilla por la zona. Y nos fuimos directamente a la población de Mosteiros para disfrutar de su playa de arena negra.

Pero India dijo «basta» nada más aparcar el coche. Un berrinche de libro. Sin sentido, sin compasión. Solo acompañar y esperar a que se pasara. Era un aviso. Playa, café y helado en el snak-bar OTubarao. Paseo por la pequeña orilla y algún castillo de arena negra con el bonito horizonte de los «monasterios»; unas rocas esculpidas por las bravas aguas de Atlántico. Relax tras la tormenta.
Los planes para visitar sus piscinas naturales (situadas un poco más al norte) en el Sunset Steve Bar, descartadas. Y la posibilidad de cenar en el restaurante O America de Barbosa un pulpo asado y queso fresco, ni pensarlo.
En el GPS marcamos la dirección de nuestro albergue, y la opción más rápida fue la elegida. Carretera del suroeste bordeando la costa para llegar al destino. Previo paso por un Mc Donals. No era el final planificado, pero sí fue el más práctico.

Día 5. Ponta Delgada.
Sábado, 27 de julio.
Si ayer tocó jornada intensa, hoy debíamos compensar con jornada relax. Tocaba «quedarse en casa» pero con el objetivo de seguir disfrutando de esta impresionante isla. El objetivo principal de hoy era el FreeTour por la capital del archipiélago. Conocer su historia, sus personajes, sus edificios… En definitiva su parte más teórica, más urbana.

Hoy el despertador se mantuvo apagado. India aprovechó a reponer todas las energías gastadas en todos estos días. Desayuno tranquilo y ordenación de la habitación. En torno a las 12:00 salíamos del albergue en busca de una de las plantaciones de piñas más famosas del archipiélago, que casualmente, quedaba muy cerca de nuestro cuartel general.
Es curioso como son capaces de combinar la piña con cualquier tipo de comida… incluida la morcilla. Y por favor, no hagáis prejuicios. Probad primero.
En esta Plantación de Piñas de las Azores, pudimos ver un poco de historia, pasear por algunos de los invernaderos donde se cultivan estos jugosos frutos, y finalmente sentarnos a degustar algunas de las miles combinaciones de alimentos con piña. Queijada de piña, con zumo de piña y piña al natural.

En poco más de una hora habíamos concluido nuestra visita.
Muy cerca de aquí queda el Parque Século XXI. Un espacio abierto con toboganes, paredes de escalada, zonas de juegos, tirolinas… Perfecto para que India tuviese su momento. Se lo merecía. Un lugar de esparcimiento familiar.
Una liviana lluvia nos obligó a resguardarnos en el coche. Escampó rápido y volvimos a jugar. Una hora fue la suma del tiempo que la niña necesitó para poder continuar con la rutina de los adultos.

Tomamos el coche y nos introdujimos en el centro de Ponta Delgada. Tuvimos suerte para aparcar en la misma calle frente al puerto (pero la idea era entrar en el mismo parking público que usamos el día del avistamiento de cetáceos).
Un paseo por el casco urbano en busca de algunos de los dos restaurantes anotados para comer. Tasquino Vieira con su plato especial de vaca angus livramento con cogrumelos y atum patudo con algas. O el restaurante Magma para la opción del tartar de atún. Pero nuestro gozo en un pozo. Por unas circunstancias o por otras terminamos en un restaurante cualquiera comiendo churrasco muy turístico, con un precio muy turístico… de la calle Misericordia.

Un breve paseo por los bonitos empedrados de sus calles nos llevó hasta la cafetería INTZ48. Café especial con conversación especial sobre bitcoins.
Poco antes de las 16:30 estábamos en la plaza de Gonzalo Velho, en las Portas da Cidade, para recibir a Jorge. El extremeño afincado en Azores que iba a ser nuestro guía turístico durante casi tres horas.
Un FreeTour tan ameno como interesante. Bien documentado, con pinceladas de humor y espontaneidad. Jorge nos dirigió por las entrañas de la ciudad para contarnos su historia y la de sus lugareños. Anécdotas combinadas con lugares y recomendaciones. Todo un acierto que es recomendable hacer; y si es de los primeros días en la isla, mejor.

Cámara municipal, Torre Sineira, paseo marítimo, fuerte de San Blas, jardín Antero Quintal, museo Carlos Machado… y un montón de rincones más que fuimos visitando durante la tarde.
Para terminar, algunas recomendaciones de lugares locales para comer o visitar. Algo que personalmente valoré muy positivamente.
Se quedó en el tintero visitar algunos lugares como el Mercado de Graca y la Ermita Mae Deus. Pero ya era hora de cenar. Intentamos en una hamburguesería cercana, de las recomendadas por Jorge. Pero al ser sábado y horario de cena, estaba hasta arriba de gente local. Suplexio era su nombre por si lo queréis intentar vosotros.

Tomamos el coche y fuimos al supermercado cerca de casa Pingo Doce a coger comida preparada típica de azores para cenar tranquilamente en la terraza y disfrutar de las últimas horas del día. Allí India conoció una amiga rusa con la que compartieron algunos de sus juguetes e incluso los intercambiaron en modo de agradecimiento por el rato disfrutado entre ellas.
Día 6. Vila Franca.
Domingo, 28 de julio.
Hoy amanecíamos en domingo. Y era un dato que no sabíamos de momento, pero que nos iba a condicionar toda la jornada.
La zona de Vila Franca, antigua capital del archipiélago, era nuestro destino de hoy. El cansancio se iba acumulando y las mañanas se hacían perezosas. Sobre todo para India, que bastante bien se estaba portando como para exigir horarios de adultos a estas alturas de viaje.
Descartado de antemano la interesante opción de visitar la isla de Villa Franca, nos dispusimos a simplificar la jornada en tres puntos: un lugar turístico, un rato de playa y un paseo por zona natural.
Si os decidieseis a visitar la isla tened en cuenta que es aconsejable reservar el billete con antelación, ya que solo se permite el acceso a 400 personas por día. Los barcos salen cada hora y el trayecto es de solo 10 minutos. En el verano del 2024 costaba 8€ por persona.

Buscamos primero el contacto con el mar. De camino a Vila Franca hay varias posibilidades. Descartamos las piscinas naturales de Lagoa en beneficio de las homónimas de Caloura.
La zona de Caloura es especial como su propio nombre indica. Calor. Las aguas y la temperatura que rodea esta zona de la isla están influenciadas por la energía interna bajo tierra, que aquí se hace más presente.
La piscina natural tiene un emplazamiento bonito al que ayuda el bar situado anexo a ella. En este mismo lugar podemos visitar los miradores de Pisao y Monte Santo, para admirar este particular rincón insular.
Muy cerca se encuentra Agua de Pau, que esconde la interesante ruta de las «Cuatro fábricas de luz» y «Cascada de Segredo» de unos dos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Incluso con la opción de reponer energías en la cervecería local A Lagoinha, con cerveza artesana local.
Pero nada de ello pudimos disfrutar. Era domingo y llegábamos tarde. Todo estaba colapsado por turistas y personas locales disfrutando de su día de descanso.
Tras intentar aparcar en varias ocasiones, decidimos ir a Vila Franca en busca de su playa Vinha d´Areia. Pero de igual forma, el parking de la playa y las calles aledañas estaban completas. Ni playa, ni visita al local más famoso de Queijadas para saborearas tomando un café. Queijada do Morgado. De nuevo sin bajar del coche, decidimos alejarnos de la línea de playa. Acertamos.
La visita a la Ermita de Nuestra Señora de la Paz fue todo un acierto. Situada en lo alto de un pequeño monte, se alza orgullosa a través de una simétrica escalera de acceso que nos recordaría a los templos budistas de Bali. Desde allí arriba se nos ofrece una perspectiva de Vila Franca y su afamado islote.

No dudamos en subir todos y cada uno de sus peldaños para ascender y divisar la ermita de tú a tú. Breve paseo, unas cuantas fotos (muchas hechas por India) y de nuevo a bajo. Tan solo dos coches aparcados, tres con el nuestro. Y ¡ojo! Unas flechas amarillas… Sí, sí… del Camino de Santiago.
Habíamos conseguido uno de los tres objetivos. La visita turística. Y volveríamos a la carga con la playa. En esta ocasión pusimos las esperanzas en la playa de Agua de Alto. Y ahora sí, accedimos a ella. Con mucha suerte para aparcar en el lateral de la carretera de «aquella manera como decenas de coches más». Era domingo.

Unos pocos metros más allá conseguimos pisar la arena. Cargados con mochilas pero sin sombrilla. Una playa lineal, ancha y con un chiringuito. Como cualquier otra que las cientos que hay en España. No era el tipo de turismo que buscábamos en San Miguel, pero hoy haríamos la excepción.
Una vez ubicados; nos remojamos, picamos algo de lo que teníamos de comida y me acerqué a por un par de botellines y un helado para India. Se estaba a gusto, pero no queríamos abusar del sol a estas horas del día (pasaban las 15:00) con mucha protección pero sin sombrilla.
Al poco, volvimos al coche en busca del tercer y último objetivo de hoy. El natural. En nuestro GPS las coordenadas de Lagoa do Congro.

Llegamos. Y no sabemos si por la hora ya tardía, o por que volvíamos a destinos poco turísticos alejados de la playa, volvimos a la paz y tranquilidad que nos ofrece siempre la naturaleza.
Por delante un agradable paseo de poco más de un km de descenso (y otro tanto de vuelta) hasta la orilla de este bonito y tranquilo lago. Un descenso muy cómodo en su inicio y algo abrupto (pero accesible para una niña de tres años) en su segunda mitad. Cantando íbamos descendiendo mientras jugábamos a encontrar el lago entre el tupido bosque que lo rodea.
Algún excursionista nos acompañaba, pocos. Algunos maleducados con el entorno dando voces y gritos nos molestaron por algún momento. Una vez abajo. Manzana, fotos y silencio. Silencio humano, porque la fauna de la zona se hacía presente con leves sonidos. La ligera brisa también acompañaba. Recordaba a mi amigo Manuel, experto en aves que las reconoce solo con su canto. Disfrutaría él aquí.

India empapándose de naturaleza. Pero tocaba subir.
– Vamos a dejarla que suba todo lo que pueda.
– Vale que ella decida cuando quiere que la cojamos.
Nada. Todo el camino de vuelta andando. Jugando. Cantando (despacio). Disfrutando de las vistas. Haciendo alguna parada. Sorprendente.

Una vez arriba, jugamos a las carreras para ganar tiempo. Se detiene ante una pradera con vacas. Observa. Continúa.
La jornada había comenzado muy mal. Pero se había ido mejorando a lo largo que iba pasando el día. ¿Suerte? ¿Actitud? ¿Decisiones?
Daba igual. Nada es perfecto y este bonito paseo nos había dejado un sabor muy dulce de esta jornada dominical.
Día 7. Furnas.
Lunes, 29 de julio.
Tras las dos jornadas de «descanso» (en la teoría), tocaba intentar retomar el ritmo de viaje de las primeras jornadas. «Intentar», repito.
Como las dos jornadas de «descanso», no lo habían sido en la práctica. Flexibilizamos la jornada en detrimento de las actividades programadas a primera hora de la mañana, a favor de un despertar tranquilo y sin prisas. Que estamos de vacaciones y con una niña, que aunque se adapta a todo, tiene solo tres años.
Hoy nos alejaríamos un poco más con el coche para llegar hasta el segundo punto turístico de la isla tras Sete Cidade. Los planes iniciales, de haber llegado pronto, era visitar las proximidades del Lagoa das Furnas.
Teníamos ubicado un parking en la zona sur para poder pasear por esta zona donde se encuentra la Capilla de Nuestra Señora de las Vitorias. Por este sendero se reparten algunas esculturas en madera que pensábamos serían del gusto de India. Incluso un centro de interpretación ambiental y jardín botánico. Todo con el objetivo de pasear tranquilamente en la mañana de cara al objetivo principal del día, que no era otro que comer el típico cozido das furnas.

Siguiendo el sendero, podríamos llegar a la zona norte donde se hayan las fumarolas. Una zona de alta actividad geológica que es donde aprovechan todos los restaurantes de la zona para cocinar sus cocidos que horas más tarde serán servidos en las mesas de sus locales.
El perímetro del lago, son unos 6km que bien merecían la pena su paseo total o parcial.
Nada de esto pudimos hacer. Solo una breve parada en un pequeño apeadero en la carretera junto al lago para observar la tranquilidad de sus aguas y ubicar cada uno de los puntos mencionados anteriormente. Bajo una tenue llovizna que comenzaba a ser molesta.
De nuevo en el coche, nuestra tozudez nos llevó hasta la parte norte del lago. Pero un pequeño atasco para entrar en la zona de las fumarolas, un cielo encapotado que confirmaba lluvia y un trabajador pidiendo pagar un ticket de aparcamiento por adelantado, nos abrió los ojos. Dimos media vuelta y nos fuimos directos al pueblo de Furnas.
Tenía visto un parking en la entrada del pueblo, pero nos arriesgamos a adentrarnos en él. Tuvimos suerte en una de sus calles.
Muy cerca del lugar donde dejamos el coche se encontraba uno de los lugares a visitar. No es que sea muy importante o histórico, pero sabíamos que a India le llamaría la atención. La casa invertida. No es otra cosa que una subestación eléctrica a la que por razones que desconozco la construyeron con el techo en el suelo. Foto y bromas de rigor para continuar hacia el centro de la población.

Siguiente parada en la Iglesia de Nuestra Señora de la Alegría. Un paseo por sus alrededores nos hacían pensar que habían sido las fiestas patronales. Entramos para disfrutarla por dentro y continuamos paseando tranquilamente por el pueblo.
Un pequeño aperitivo para hacer tiempo de cara a la comida en Tony´s Snak Bar, en la misma estación de autobuses, fue suficiente para hacer tiempo para que llegaran las 14:00. Hora de la reserva en el Restaurante Tony´s.
Es obligatoria la reserva. La hice por correo electrónico. Te dan dos horas para elegir; las 12:00 y las 14:00. Hasta la hora de la reserva no te dejan entrar. Luego todo va muy fluido. Camareros y ambiente agradable. El cocido en cantidad y calidad. Teniendo en cuenta que es un cocido sin garbanzos; solo carne y verdura. De textura suave. Y potente, muy potente. De sabor peculiar, debido al lugar de su cocción bajo suelo. Y de precio normal. Muy recomendable.

Debíamos bajar la comida y decidimos ir andando hasta la otra parte del pueblo para visitar el Parque de las Calderas Volcánicas. De camino pudimos parar en la pastelería Gloria Moniz para degustar cualquier dulce, o su especialidad que es el típico bolo levedo (pan dulce). Pero estábamos completamente llenos.
Llegamos al parque y nos llamó mucho la atención de como los geiseres y lagos burbujeantes se repartían por este espacio público como si de fuentes se tratasen. Era curioso como el calor se hacía patente en el lugar. Una humedad cálida que parecía una sauna al aire libre. Todo un espectáculo gratuito.

Ensimismados disfrutando del lugar, empezamos a escuchar una banda de música. Giramos nuestras cabezas y allí aparecía una camioneta con una imagen a la que acompañaba una banda de música. Pues sí, eran sus fiestas patronales de Santa Ana.
Aún quedaba toda la tarde. Es muy típico visitar dos de sus balnearios termales. TerraNostra, con hotel, un lago termal grande y jardín botánico; y unos precios de 16€ por persona en el verano del 2024. O la opción de las termas de Doña Benija; que cuenta con cuatro pozas pequeñas para ser visitadas en tramos de hora y media por el precio de 8€ por persona.
Desestimamos ambas opciones con el objetivo de visitar una poza pública y gratuita. La poza de la Tía Silviña, ubicada en un extremo del Parque de la Alameda. La poza no es otra cosa que una pequeña piscina de poco más de 50 cm de profundidad con un agua a una temperatura que sobrepasaba los 40º, ojo. Este pequeño estanque, vierte sus aguas al río que corre bravo con aguas a temperaturas normales (20-25º).

Era difícil mantener los pies en la poza, un oriundo me recomendó introducirlas y no moverlas. A los pocos segundos sería posible mantenerlos dentro por minutos. Y con la facilidad de una vez fuera y con solo girar el cuerpo, meterlos en las aguas del río a modo de contraste. Una sensación, cuanto menos, muy curiosa.
Tras una rato disfrutando de este particular lugar (y olvidando la toalla de India), nos dispusimos a pasear por este bonito Parque de la Alameda vertebrado por el río, donde descubrimos una cascada y un pequeño acuario público en uno de sus rincones. A India le encantó este pequeño descubrimiento y estuvimos mucho tiempo observando peces nuevos y siguiendo sus hipnotizantes aleteos.
Al fondo se encontraba un sencillo parque infantil con columpios y juegos. En uno de sus bancos nos sentamos para merendar mientras que India se entretenía. Las hortensias que rodeaban el lugar, lo hacían agradable. Incluso el sol apareció por primera vez en toda la jornada.

Tras un buen rato. Volvimos al centro de la población, no sin dejar de tomar un helado en una furgo-heladería. Y hacer una pequeña compra de comida en un modesto super de barrio.
Teníamos ahora que tomar la decisión de hacer tiempo y cenar aquí; en el recomendado Chalet de Tía Mercedes y tomar una caipiriña de piña en A Quinta. O despedirnos de Furnas para subir a uno de sus miradores y disfrutar desde otra perspectiva este espectacular enclave, ahora que había salido definitivamente el sol.
Decidimos la segunda opción. Con el objetivo de llegar al retirado mirador del Salto del Cavallo. De carretera tan revirada como bonita. Las hortensias, prados y animales cruzando; hicieron del traslado una oportunidad de disfrutar de la isla. Y una vez arriba. Todo un acierto. El valle de furnas con su población, lago y un precioso horizonte donde divisar muchos kilómetros de costa. Solos.

De nuevo en el coche y desandado nuestros pasos, nos quedaba muy cerca un segundo mirador. El del Pico del Hierro. Mucho más cercano al lago. De menos altura que el anterior, pero más intenso. Afri ya estaba cansada. Pregunté a India:
– Sí, papá. Quiero ir contigo.
Niña a hombros y aproximación de menos de dos minutos andando. Dos personas en el mirador y todo el lago que no habíamos disfrutado en la mañana quedaba a nuestros pies. Impresionante. Soleado.
Se puede subir aquí desde el lago andando. Pero eso, como el resto de cientos de rutas de senderismo de la isla, las dejamos para una segunda visita más adelante. Ojo a este dato, que visitar dos veces un mismo sitio, para nosotros es todo un elogio para el lugar.

Solo quedaba tiempo para volver al albergue. Ducharnos. Cenar algunas de las cosas que habíamos comprado en el super… y descansar.
Las opciones de visitar el mirador del Pico del Hierro o del Castillo Blanco, quedaron desestimadas. Al igual que descartamos la posibilidad de visitar la cascada Ribeira Quente y la playa del fuego. Todas ellas ubicadas por la zona.
Día 8. Nordeste.
Martes, 30 de julio.
Hoy tocaba la propina del viaje. La zona menos visitada y conocida de la isla. Tal vez justificado porque hasta hace pocos años la comunicación era compleja hasta que se proyectó la autovía por esta zona de la isla.
El día comenzaba con un inicial cambio de planes. Sustituiríamos la visita al mirador Salto de Fariña y Pedra dos Estorninhos, con su correspondiente cascada (que no asegura siempre tener agua). Por volver a Furnas en busca de la toalla-poncho que nos dejamos olvidados en la Poza de la tía Silvinha el día anterior. Arriesgamos y perdimos. Ni miradores, ni toalla.
Los miradores que obviamos de primeras, se podían complementar con la cercana visita al Pozo Azul. Pero todo ello quedó descartado y tras el breve paso por Furnas, no dirigimos a Ribeira dos Caldeiroes. Lugar público y de acceso gratuito de 9:00 a 17:00 con cascadas, molinos, museo, cafetería y lugares de picnic…

Un rincón natural pseudourbanizado que merece la pena visitar para dar un pequeño paseo. Cada vez más explotado, sobre todo por empresas que ofrecen actividades como el barranquismo en el lugar.
Muy próximo, se encuentra una bella cascada que nos sirve de aperitivo para conocer la zona.

Era el objetivo principal de hoy y lo disfrutamos con tranquilidad. Incluso tomamos el aperitivo de media mañana en su pequeña cafetería. Perfecto para visitar con niños. Todo un acierto. Ojo que el parking es un poco escaso.
Nos esperaba un tramo lleno de miradores sobre la acantilada costa de la zona. Pero para ello debíamos tomar la sinuosa y revirada carretera de la costa. Muy bonita para disfrutarla… si vas sin niños. Así pues debíamos seleccionar uno de entre todos ellos. Y el elegido fue el mirador-merendero Punta de Sosiego. Acantilado con pequeños servicios, zona de picnic y bonitas vistas (suponemos que como el resto de las no visitadas). Perfecto para descansar, comer nuestros sándwich, disfrutar de la temperatura antes de que llegara la tormenta… La tormenta India, que volvió a colapsar como lo hizo en Mosteiros. Curioso que sus dos grandes berrinches del viaje los tomase justo en los puntos cardinales más extremos de este y oeste.

Casualidades del destino quisieron que nos encontrásemos allí mismo con Parrita, un antiguo compañero del fútbol de Toledo. Breve conversación y a seguir con la jornada en medio de la «borrasca India». Seguir para completar el rodeo a la isla suponía continuar la carretera revirada y bonita; sin posibilidad ya de autovía. No era el momento para arriesgar.
Con esta decisión descartábamos el mirador de Punta de Madrugada, la playa Lombo Gordo (de difícil acceso), el sendero a la cascada del Salto do Pego, el mirador Pico dos Bodas… Y la visita a Povoacao (primer asentamiento de la isla); con su ermita de Santa Bárbara, la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y sus piscinas y playas.
Por tanto, vuelta por la misma carretera, con los dedos cruzados de que la tormenta que llevábamos dentro del coche amainase antes de llegar al Mirador de la Punta de Arnel, con su faro y su mirador Vista de los Barcos. Pero no. De reojo iba mirando los carteles que indicaban su desvío a la vez que por el retrovisor divisaba el infierno. Ni preguntar.
El mirador de Boca da Ribeira y el Depete que Suas, de menor entidad, ni siquiera hice intención de ubicarlos.
De vuelta a la autovía, pareció que la linealidad de su trazado tranquilizó los demonios. Y como habíamos cambiado radicalmente el plan, se nos vino a la cabeza una de las explicaciones de Jorge; el guía del FreeTour. Rabo de Peixe, el pueblo al que no había llegado el turismo, el pueblo auténtico, el pueblo por el que parecía no había evolución… El pueblo en el que está basado la serie de Netfix que lleva su mismo nombre.

Y allí nos presentamos. Y allí nos introdujimos en sus calles estrechas, con fachadas humildes y coloridas. Con bares llenos de hombres, y calles repletas de mujeres y niños. Nos sentimos incómodos, como si no respetásemos su intimidad. Fue un paseo curioso y breve. Diferente. Como si no perteneciese a esta isla.
Tomamos el coche para acercarnos a la cercana playa de Santa Bárbara que tanto nos había gustado el primer día. Hoy mucho más animada y soleada. Era nuestra forma de despedirnos de la isla. Mañana volveríamos a casa. Nos tomamos nuestro tiempo. Jugamos. Descansamos. Era nuestro adiós.
De camino a casa paramos junto a la plaza del Emigrante en Ribeira Grande. Unas fotos, un helado y café en una cafetería cercana. Y la vista del Centro de Artes «Arquipelago» desde el exterior. El viaje estaba terminando.

Camino al albergue. Cena de restos que nos quedaban en la nevera comunal. Y a descansar, que la jornada de mañana se planteaba dura.
Día 9. Vuelta a casa.
Miércoles, 31 de julio.
Amanecimos pronto. Las maletas ya estaban colocadas de la noche anterior. Sin desayunar dejamos el coche a las 8:00 en el garaje de Orbit Car Hire – Magic Island. Revisión rápida sin incidentes. Traslado de maletas a la furgo y desplazamiento al cercano aeropuerto de San Miguel.
El vuelo salía a las 10:35. Dos horas sin necesidad de facturar y con un control de equipajes cómodo al pasar por el atajo familiar, nos permitió desayunar tranquilamente.
En el avión, India entretenida con algunos de sus juguetes nos permitía revisar las fotos del viaje a modo feedback. Un viaje tan bonito como intenso. Un lugar donde volver, para disfrutarlo más activamente (cuando India, y ahora también Nico, sean mayores). Un viaje donde todos nos hemos adaptado a todos. India a nuestro ritmo y nosotros al suyo.
Seguiremos viajando. Seguiremos aprendiendo. Volveremos.


